Igual que me rompe el sueño cuando me besa las cosquillas.
Llenaría todos los cajones de mi vida con su olor. Y así, poder encontrarle en cada esquina si le pierdo.
Tiene los ojos del color del café. Y eso que a mí, el café, nunca me ha gustado. Pero me bebería toda una puta taza hasta encontrarme reflejada en sus pupilas.
Y ahora si me hablan de incendios, más que en abril, pienso en su cama.
En cómo ha entrado como nadie en este montón de ruinas y se ha puesto a arreglar las grietas por todo el corazón. No le importó que me hubiesen dejado a medio destruir, sin destrozarme del todo. Como el que quiere marcharse sin hacer ruido y sale por la puerta de atrás llevándoselo todo por delante.
Él, me abrazaba. Y entonces entendía eso de que hay personas, que están hechas a medida.
Y yo lo sabía. Que él no se merecía probar el frío. Que no tenía que conocer el invierno ni el infierno de una cama sin calor.
Pero cómo lo ibais a entender si no os habéis perdido en el precipicio de su mirada.
Si no os habéis colgado del borde de sus comisuras y habéis recorrido el mundo sin saliros de su boca.
A veces, me lo pregunto. Cómo una persona con tanta vida se ha conformado con un par de escombros que no supieron ni cómo prender. Cómo no ha echado a correr. A buscar a alguien que si se rompe, al menos sepa cómo lo tiene que hacer.
Colisionó con mis tropiezos. Con mi constante manía de deshacerlo todo. De dejarme perder.
Y sonrió.
Y que me maten ahora si en ese momento no juré sobrevivir a cualquier invierno por esa sonrisa.
A veces me pregunto qué tiene esta ciudad que no deja que sanemos del todo, que se quede todo a medio