Seguidores

miércoles, 29 de agosto de 2012

Tres sorbos de café y una maleta llena de recuerdos

La vida es un ir y venir de maletas y sueños escondidos entre las paredes y escaleras de cualquier aeropuerto. 
Un aeropuerto es una caja llena de historias escritas y por escribir. De personas que vienen y van, de amores que se apagan y miradas que te encienden el miocardio.
Es el beso que te desea suerte y la sonrisa torcida que tanto te gusta y que no ha venido a decirte adiós.
El avión despega y vuelas lejos de todo. Con la ilusión cosida con ganas o un sentimiento de culpa que araña el alma.
Es lugar de reencuentros y despedidas. De cafés amargos que saben a todo menos a casa. De palabras sinceras y fotos de última hora.
Es un abrir y cerrar de puertas, un subir y bajar de ascensores, una terminal como sala de espera. Es una madrugada larga con ojos de sueño.
No hay verde ni cielos que valgan, sólo un par de horas muertas con las que jugar a hacerse el fuerte.
Hay billetes y maletas, taquillas y kilos de más. Hay sueños y hay miedos. Hay cabezadas cortas y suspiros que alimentan la impaciencia.
Hay vidas que se cruzan sin siquiera mirarse y mochilas que chocan sin pedir permiso. Hay corazones que buscan cobijo y miradas que buscan respuestas.
Hay un destino y un par de preguntas tontas. 
Es un lugar para perderse entre panfletos y horarios. Es un ir y venir de pasos que en silencio marcan el compás de tu respiración entrecortada. 





miércoles, 22 de agosto de 2012

mil lunas llenas por delante

El ICE *** abandona Alemania sin recelo. No quedan asientos ni cabinas, pero sí un par de horas por delante.
Quedan atrás los adoquines de Praga y los S+U de Berlín. Keleti suena a leyenda y las calles parisinas parecen haber desaparecido entre el traqueteo de los trenes.
Con apenas seis horas de sueño en dos días, el suelo de un vagón cualquiera es suficiente para dejar pasar el tiempo.
Quedan ocho días y mil sonrisas por delante. Quedan calles por las que perderse y conversaciones antes de dormir. Quedan noches de alcohol y de darlo todo y mañanas de enredarse entre las sábanas y quejarse del dolor de cabeza.
Sin duda alguna, queda aún algun enfado que otro y unos cuantos gritos de más.
Una ciudad por cada sueño y un sueño por cada mensaje a media tarde.
Mil seiscientos ochenta y seis canciones y unos auriculares rosas que ayudan a hacer menos largos los kilómetros de más.
Dos paquetes de galletas y un batido de madrugada que se queda en la estación.
Que este viaje es sólo otra forma de acabar con la rutina y desconectar del mundo. De conocer a los de siempre y a los de ahora. De perderse y echar de menos.
Tengo la espalda cargada y los pies cansados. Tengo la ilusión y las ganas del primer día. Tengo todas y cada una de las canciones que llevan escrito su nombre y que aun me hacen sonreír.
Y después de quince días, ya son sólo tres ciudades las que me esperan. Tres ciudades para romper el tiempo y bebérmelo entre vías que susurran tu nombre.

domingo, 12 de agosto de 2012

Cogiendo altura, dejando señales

Son seis paradas en metro y un paseo. Un creppe de chocolate en Montmartre y un imán robado.
Son los primeros dos intentos de los veinticuatro asaltos que tenemos para comernos el mundo.
Llueve y desde lo alto, París es el primer bocado de libertad.
Munich parece un alto para parar a coger aire, Budapest está sólo a un par de hojas, cartas y canciones en un tren de día y Praga todavía suena lejos.
Son ocho ciudades y seis sonrisas. Son dos personas por llegar y un mes para abandonar las preocupaciones entre el humo de un peta y ahogar las dudas en el fondo de un vaso en un bar cualquiera.
Hacer noche en los trenes es algo con lo que ya contaba, pero suena a aventura el pensar en perderme entre unos labios que no lleven (tu) nombre.
Son días de caminar sin certeza y noches de perder la cabeza entre cuatro sacudidas de cadera y un cubata bien frío.
Cierras los ojos y cruzas fronteras.
Me pierdo en el mapa y me alejo de él. De él y de esa nueva costumbre suya de hacer que me acuerde de sus manos cuando llega el frío, o la hora de dormir. Y después de cuatro días de viaje sigo buscando kilómetros donde esconder las palabras de más que hemos cruzado últimamente, aunque sólo sea porque no sé qué hacer aun con ellas.
Son maneras de ganar batallas y perder el juicio.
Son días de trenes y estaciones. De putas distancias que arañan el corazón.
Son días de querer de más y pensar de menos. Aunque sólo sea para perder la cabeza y no pensarte más de la cuenta.

viernes, 3 de agosto de 2012

23 días, 1000 razones para sonreír

Son seis horas y cientos de canciones hasta volver a llegar a ese pequeño rincón del mundo, nueve años más tarde, nueve años más mayor.
Se encierra entre cuatro montañas, para el mundo y se baja.
Lo piensa y no sabe cómo ha llegado hasta donde está. Sólo sabe que empezó un día de lluvia y ropa esparcida por el suelo.
Esconde su cuello entre la bufanda y acaricia las manos que sujetan las suyas por debajo de la sudadera. Cierra los ojos y pide que el tiempo se pare en todos los recovecos del mundo, menos en ese.
Se atrinchera en ese valle con la misma gente de siempre, con esa que te abraza de verdad cuatro veces al año y que te hace sentir como en casa. 
Se sorprende añorando el agua fría que salpica a traición y levantándose de madrugada sin ser vista. 
Pierde la noción del tiempo, la noción de ti y de todos aquellos que están lejos de ese cielo estrellado.
A lo lejos alguien le rompe el corazón. Y lo ve tan distante que se lía las mentiras hasta verlas hechas cenizas. Y después apaga el teléfono y da la espalda a cualquiera que esté fuera de los límites que aíslan esos pocos días verdes.
Siente el calor del fuego y de las palabras sinceras. Se lanza de bruces al río y se siente vivir. 
Descubre que después de tanto, esas personas siguen teniendo algo en común. Y es ese algo el que te engancha y no te deja ir. 
Paseas por el extrarradio de tu vida hasta disolver los problemas y te encuentras todos los sueños que hace años empezaste a construir en ese mismo lugar.
Se para a pensar y se da cuenta de que sí, ahí es feliz. Son quince días, reducidos a diez, que ahora sabe que nunca volverá a cambiar.
Y después de desear no salirse del perímetro de los brazos que la estrechan cuando acecha el frío, vuelve a cargarse la misma mochila al hombro en busca de nuevas aventuras que también prometen.
Deja atrás la montaña, sin olvidarse de querer más, mucho más y espera que un avión no muy lejano la levante del suelo y le confirme que todavía es tiempo de soñar.