Son seis paradas en metro y un paseo. Un creppe de chocolate en Montmartre y un imán robado.
Son los primeros dos intentos de los veinticuatro asaltos que tenemos para comernos el mundo.
Llueve y desde lo alto, París es el primer bocado de libertad.
Munich
parece un alto para parar a coger aire, Budapest está sólo a un par de
hojas, cartas y canciones en un tren de día y Praga todavía suena lejos.
Son ocho ciudades y seis sonrisas. Son dos personas por llegar y
un mes para abandonar las preocupaciones entre el humo de un peta y
ahogar las dudas en el fondo de un vaso en un bar cualquiera.
Hacer
noche en los trenes es algo con lo que ya contaba, pero suena a
aventura el pensar en perderme entre unos labios que no lleven (tu)
nombre.
Son días de caminar sin certeza y noches de perder la cabeza entre cuatro sacudidas de cadera y un cubata bien frío.
Cierras los ojos y cruzas fronteras.
Me
pierdo en el mapa y me alejo de él. De él y de esa nueva costumbre suya
de hacer que me acuerde de sus manos cuando llega el frío, o la hora de
dormir. Y después de cuatro días de viaje sigo buscando kilómetros
donde esconder las palabras de más que hemos cruzado últimamente, aunque
sólo sea porque no sé qué hacer aun con ellas.
Son maneras de ganar batallas y perder el juicio.
Son
días de trenes y estaciones. De putas distancias que arañan el corazón.
Son días de querer de más y pensar de menos. Aunque sólo sea para perder la cabeza y no pensarte más de la cuenta.
Son días de querer de más y pensar de menos. Aunque sólo sea para perder la cabeza y no pensar
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