Nos
tropezamos.
No
sé bien quién tropezó con quién
para
encontrarnos.
No
sé si fuiste tú,
con
tus camisas y zapatillas caras,
quien
se dio de bruces con mis ruinas
o
si fui yo,
que
entre tumbo y tumbo
te
embestí con mis cicatrices.
Si
decidiste que Valencia merecía
que
sus rincones hablaran también de nosotros.
Si
pensaste en huir antes de saltar.
No
sé si sabías
que
escribía por miedo a olvidar.
Y
que cada vez escribía menos,
y
olvidaba más.
Que
me había cansado de los andenes vacíos
y
que los inviernos,
ya
me habían dolido con todo su frío.
Llovía.
Llovía
a menudo y sin avisar.
Se
hacía tarde.
Tarde
para seguir llenando las mismas hojas con los mismos versos.
Tarde
para seguir viviendo sin dejar de soñar.
Pero
entonces descubres
que
hay personas que brillan sin ser estrella.
Y
que hay tapicerías de coche que te mueres por poder destrozar.
Que
darle la vuelta al calendario
también
es de valientes,
y
que cerrar los labios a 3000 metros de altura,
es
otra forma de volver a empezar.
Siempre
he sido de las que se dejarían media vida en un intento,
y
necesitaron de una segunda vida para volver a respirar.
De
las que caerían rendidas por ser historia
y
escribieron historias al caer rendida.
De
las que lo arriesgaron todo pa' quedarse en ruinas
y
se cortaron con cada una de las salidas.
Y
joder, cómo dolía.
Siempre
quise ser París para algún poeta.
Y
he sido Jávea, Madrid y Sevilla
para
unos ojos marrones sin boli ni libreta.
Y
he sido trapecista colgada de su clavícula,
y
he sido corazón, de los que se olvidan de los miedos.
Y
he visto atardeceres amarrada a sus costillas
y
joder, joder si brilla.