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lunes, 21 de abril de 2014

Poema XXI

Nos tropezamos.
No sé bien quién tropezó con quién
para encontrarnos.
No sé si fuiste tú,
con tus camisas y zapatillas caras,
quien se dio de bruces con mis ruinas
o si fui yo,
que entre tumbo y tumbo
te embestí con mis cicatrices.

Si decidiste que Valencia merecía
que sus rincones hablaran también de nosotros.
Si pensaste en huir antes de saltar.

No sé si sabías
que escribía por miedo a olvidar.
Y que cada vez escribía menos,
y olvidaba más.

Que me había cansado de los andenes vacíos
y que los inviernos,
ya me habían dolido con todo su frío.

Llovía.
Llovía a menudo y sin avisar.
Se hacía tarde.
Tarde para seguir llenando las mismas hojas con los mismos versos.
Tarde para seguir viviendo sin dejar de soñar.

Pero entonces descubres
que hay personas que brillan sin ser estrella.
Y que hay tapicerías de coche que te mueres por poder destrozar.
Que darle la vuelta al calendario
también es de valientes,
y que cerrar los labios a 3000 metros de altura,
es otra forma de volver a empezar.

Siempre he sido de las que se dejarían media vida en un intento,
y necesitaron de una segunda vida para volver a respirar.
De las que caerían rendidas por ser historia
y escribieron historias al caer rendida.
De las que lo arriesgaron todo pa' quedarse en ruinas
y se cortaron con cada una de las salidas.
Y joder, cómo dolía.

Siempre quise ser París para algún poeta.
Y he sido Jávea, Madrid y Sevilla
para unos ojos marrones sin boli ni libreta.

Y he sido trapecista colgada de su clavícula,
y he sido corazón, de los que se olvidan de los miedos.

Y he visto atardeceres amarrada a sus costillas

y joder, joder si brilla.

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