El ICE *** abandona Alemania sin recelo. No quedan asientos ni cabinas, pero sí un par de horas por delante.
Quedan
atrás los adoquines de Praga y los S+U de Berlín. Keleti suena a
leyenda y las calles parisinas parecen haber desaparecido entre el
traqueteo de los trenes.
Con apenas seis horas de sueño en dos días, el suelo de un vagón cualquiera es suficiente para dejar pasar el tiempo.
Quedan
ocho días y mil sonrisas por delante. Quedan calles por las que perderse
y conversaciones antes de dormir. Quedan noches de alcohol y de darlo
todo y mañanas de enredarse entre las sábanas y quejarse del dolor de
cabeza.
Sin duda alguna, queda aún algun enfado que otro y unos cuantos gritos de más.
Una ciudad por cada sueño y un sueño por cada mensaje a media tarde.
Mil seiscientos ochenta y seis canciones y unos auriculares rosas que ayudan a hacer menos largos los kilómetros de más.
Dos paquetes de galletas y un batido de madrugada que se queda en la estación.
Que
este viaje es sólo otra forma de acabar con la rutina y desconectar del
mundo. De conocer a los de siempre y a los de ahora. De perderse y
echar de menos.
Tengo la espalda cargada y los pies cansados.
Tengo la ilusión y las ganas del primer día. Tengo todas y cada una de
las canciones que llevan escrito su nombre y que aun me hacen sonreír.
Y después de quince días, ya son sólo tres ciudades las que me esperan. Tres
ciudades para romper el tiempo y bebérmelo entre vías que susurran tu nombre.
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