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domingo, 2 de diciembre de 2012

De inviernos sin agua y noches con ganas de ti

Tu, con esa mirada oscura que a tantas volvió loca.
Yo, que le tenía declarada la guerra a los ojos azules.
Tu, que desgastabas besos y abrazabas mis noches.
Yo, que he encontrado el calor de este otoño frío entre tus manos. Las mismas que me guiaron hasta el perímetro de tus labios aquella tarde y no me dejaron ir.
Fue un viernes medio dulce medio salado, con sabor a todo menos a lo que era de esperar.
Aunque días más tarde, seguía con la sensación de no tener las cosas claras, con la certeza de que esta ciudad ha sabido más de tus labios que de los míos.
Pero entonces llegó esa sonrisa que acompaña tu forma de mirar. Y con ella llegaron mis ganas y la sensación de haber encontrado entre tus brazos aquel lugar perfecto.
Y decidí que ya era tiempo de darle la vuelta al calendario y abrazarme a ti.
Puede que tuviera que ver con la primera vez que me dijo te quiero. Bajito, suave, casi viento. Con el mismo miedo que tenía yo de admitir que sus besos sabían al calor de un invierno sin amores que llorar. Que sin ser lo que buscaba, se estaba haciendo camino a través de un febrero que se quedó atascado.
Fue el primero que me llamó enana sin revolver viejos fantasmas, aunque dejando un sabor agridulce. El primero al que volví a adivinarle la sonrisa. El único que ha hecho de un bloque de oficinas una mirada de complicidad.
No seguía los esquemas que yo había marcado, pero a quién le importan los planes cuando te abraza fuerte y te hace querer.

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