Se pierde el humo de un peta mal hecho en la trastienda de un almacén que encierra los mismos suspiros con los que empañabas los cristales de su coche.
Por aquel entonces, echada en ese colchón robado que había perdido ya la cuenta de todos los que pasaron por él cada noche, no te resultaba raro pensar que no hubiera nada más fuera de esas cuatro paredes. Tampoco creías que hubiera algo que no se pudiera curar con un poco de alcohol y un par de besos sucios.
No sabías que esa sonrisa a medias acabaría por hacer noche en cada rincón de esa oscura habitación. Te perdiste entre sus ojos oscuros y entre cada una de las palabras que te susurraba al oído antes de desabrocharte la blusa.
Tengo que admitir que una vez estuviste cerca. Pero te
desvaneciste junto al comienzo de la primavera, mientras perdía la inocencia.
Mientras ese sol de abril acariciaba mi piel y los pocos hilos de
cordura que me quedaban se perdían por completo.
Te costaba imaginar que algún día saldrías de ahí más segura de lo que habías entrado. Una estancia con el amor menos amor de todos y un remolino de sábanas desencajadas por cada nueva conquista.
Eran días en los que el amor era una quimera, la felicidad una utopía y la vida una odisea.
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