Ella no sabe como escribir sobre la felicidad.
Sobre la simplicidad de los pequeños detalles y los días que se hacen cortos. Sobre esa sonrisa suya que juega con sus labios hasta hacerse ver. Sobre si es mayo y hace calor y sobre que ha abandonado ya las bibliotecas y los cafés de media tarde.
La misma calle de siempre teñida con nuevas miradas.
Una cerveza fría en una ciudad con mar.
Un bar ya viejo del cual no recuerdas ni la música que sonaba entre las copas de más.
El humo del segundo cigarro de la noche y los planes improvisados de la primera tarde de junio.
Las miradas son la respuesta a todo lo que no te atreves a preguntar...o a decir. Y eso Ella lo sabe. Igual que sabe que has seguido llorando por él al cerrar la puerta para irte a casa. O que los domingos por la tarde existen para pararte a pensar dos veces.
Su pelo está más oscuro que hace un año; más largo y mas rebelde, como sus ganas. Se muerde el labio inferior y sacude la mano interpretando una canción en esa guitarra imaginaria que no sabe tocar.
Oye un susurro que crece y se hace más fuerte;
aquí nada nos ata, pisa la vida y arranca, que esto no ha hecho más que empezar.
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