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domingo, 27 de mayo de 2012

Entre tonos de gris

A veces el frío se adueña de un corazón inocente, igual que se adueñó el invierno de 1941 de la vida de millones de personas.Irrumpiendo sin avisar. Condenándote a vagar entre la amargura y la tristeza, preso de la congoja, de la angustia y el pavor. 
Se congela el corazón y se apaga la mirada. Los latidos son más tenues y, los suspiros, más frecuentes.Te alimentas de recuerdos dulces que se deshacen en lágrimas saladas. Sale a hacer frente a la vida envuelto en el calor de una bufanda. 
Su cuello se arropa entre el algodón, su pecho se arrebuja en la oscuridad de una chaqueta y él aprieta los labios para no llorar.
Navega en un mar de whisky que ya ahoga sus entrañas y da otra calada a un Malboro que se consume con prontitud, preso de esos labios que buscan nublar la claridad de la realidad que los contamina. Pasea por los lugares de siempre, pero esa noche oscura aclara tantas dudas que hasta esa ciudad bonita se vuelve hosca y torva.
Cautivo de aquello que no tuvo. De lo que le fue arrebatado. De todo lo que jamás le será devuelto. Recluso por el tiempo que se escapa fugaz entre las letras de un te quiero nunca dicho. Igual que el frío infierno en un gulag de Siberia.
Hace una mueca de disgusto al pensar en este mundo asqueado. Los impuestos suben y los sueldos bajan. Los bolsillos se llenan de monedas sueltas y de promesas huecas. Hace tiempo que no cree en esa justicia de la que ya sólo las leyendas hablan. Observa los rostros de la gente y sólo encuentra una cosa en común. Se siente culpable por hablar demasiado tarde. Lucha por sobrevivir cada día. 
Anda buscando esa franja de luz dorada abriéndose paso en el horizonte entre el humo y la suciedad. 


Pero de nada sirve soñar si tu corazón acuna el miedo.

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