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viernes, 18 de mayo de 2012

hasta el último de mis días...y más

A veces se pregunta qué habría sido de ella si no hubieses decidido olvidarla ese mayo que volviste gris. Convertiste cada uno de sus días en un otoño frío que encoge el corazón. Te adueñaste de cada lágrima que asomaba por sus ojos en esas noches donde sólo necesitaba un poco de amor; un poco de ti. Juró olvidarte tantas veces que perdió la cuenta mientras descubría que Maldita Nerea había atrapado cada migaja de vuestro amor en cada una de sus canciones. Descubrió el lado amargo del amor, el feo, el desgarrador, encogida en la cama, rodeada con sus propios brazos para evitar que se extraviasen más pedacitos de su corazón, arañándose las mejillas inundadas en lágrimas buscando una respuesta, buscando un por qué. Intentando olvidar que le quedaba por delante todo un verano. Un verano tan lleno de planes pero tan vacío de ti. Daba tanta pena que hasta la soledad se apiadó de ella y se ofreció para darle un poco de calor en ese mayo que paralizó su vida, detuvo el tiempo y duró mil soles. Pero no fue hasta ese concierto con olor a tierra y a estío que decidió dejar de odiarte, aunque sólo fuera por el echo de que quererte tanto lo hacía imposible. Y fue ahí cuando dejó de tantear teorías y se dispuso a ignorar todas aquellas preguntas a las cuales todavía era incapaz de asignar una respuesta convincente y que pareciera creíble. Te buscó tantas noches sin encontrarte que decidió empezar a ser feliz ella sola, sin que tu fueras el causante de cada una de sus sonrisas. Aprendió que el amor no entiende de razones y que hay finales que no tienen ni final. Que no es posible dejar de amar aunque los kilómetros se interpongan y el viento tenga prohibido gritar tu nombre. Que un solo abrazo es capaz de derribar la coraza del corazón más orgulloso y magullado. Que no hay que olvidar, sino recordar con gratitud. Aprendió que es cierto eso de que los golpes te hacen más fuerte y, poco a poco, consiguió perder el miedo a volver a amar. Se armó de valor para volver a comerse el mundo con su sonrisa, sin necesidad de tacones de vértigo ni de copas de más. Descartó las bocas de una sola noche y cualquier sentimiento de culpa.  Dejó de refugiarse cada noche en sus manos, ávidas por escribir y desahogar su pobre corazón. De intentar llenar ese vacío tan agudo y denso con palabras que se desangraban a cada letra, que destapaban un dolor helado, frío, gélido. Y quizá ahora es eso lo que más añora, y sin duda alguna lo mejor que le dejaste. La inspiración que ahora se hace de rogar y que a veces ni llega. Y es que hay que estar jodido. Que no es casualidad que se escriba lo mejor cuando se está mal. Y ahora sabe que cada letra y página, cada punto y cada coma que escribió aquel verano fue su salvación. Que le enseñaste a sentir de una manera que sólo el papel es capaz de comprender; que le diste razones para escribir. Que le enseñaste a apreciar el amor con todos y cada uno de sus matices, consiguiendo que se le incendiara el miocardio al imaginar tus labios rozando los suyos. 


Y gracias a ese mayo cuyo aliento expiraba frialdad a cada paso, hoy sé con certeza que si no hubiese sido por tu ausencia, jamás habría descubierto todo el bien que hiciste en mí. Y lo que más me atemoriza, no habría descubierto que eras tu al que yo tenía que querer a pesar de las distancias, el tiempo y el silencio.

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